La ansiedad escolar no debe confundirse con el estrés escolar puntual ni con los nervios normales que todos experimentamos ante una evaluación o exposición oral. Mientras que estos últimos son respuestas temporales y adaptativas, la ansiedad escolar es una respuesta emocional profunda y sostenida en el tiempo que interfiere con la vida cotidiana del estudiante. No se trata simplemente de que un niño «no quiera» ir al colegio por pereza o capricho, sino de una reacción emocional genuina que puede tener orígenes muy diversos: dificultades académicas no resueltas, problemas de relación con compañeros o profesores, situaciones de acoso, cambios familiares significativos, o incluso rasgos de personalidad que hacen al alumno más vulnerable ante la presión. Es importante destacar que esta ansiedad puede manifestarse de formas muy distintas según la edad: mientras un niño de Primaria puede expresarla con llanto y aferrándose a sus padres, un adolescente podría mostrar irritabilidad, aislamiento o somatizaciones físicas difíciles de identificar como ansiedad.
Debemos prestar especial atención cuando estos síntomas son persistentes (se mantienen durante varias semanas), intensos (provocan un malestar significativo en el niño) y limitantes (interfieren con su capacidad para aprender, relacionarse con sus compañeros o disfrutar de su vida cotidiana). Si observamos que nuestro hijo o alumno presenta varios de estos síntomas de forma continuada, que su bienestar general en casa se ha visto afectado, o que empieza a evitar sistemáticamente situaciones escolares que antes manejaba con normalidad, es el momento de actuar. La intervención temprana, en colaboración entre familia, profesorado y, si es necesario, profesionales especializados, es fundamental para ayudar al estudiante a recuperar su seguridad y bienestar en el entorno educativo.